Composiciones florales de naturaleza muerta y bodegones abstractos. Flores con las que Winifred Nicholson exploraba la relación entre el color y la luz. De hecho, la pintora inglesa desarrolló un estilo impresionista personalizado, donde no expresaba los contornos, sino el color.
Winifred Nicholson, un temprano interés por la pintura
Moviéndose entre Cumberland, en el noroeste de Inglaterra; Londres y París, Winifred Nicholson (1893-1981) junto con su esposo, el pintor y escultor Ben Nicholson (1894-1982), estuvo a la vanguardia de la pintura moderna en Gran Bretaña durante la década de 1920. Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzó a pintar vistas del paisaje desde la casa de sus padres en Cumberland, lo que se convertiría en su estilo característico.
Su nombre era Rosa Winifred Roberts, y nació en Oxford, en el seno de una familia de artistas, lo que explica que su interés por la pintura despertara a muy temprana edad. De hecho, cuando tenía alrededor de 11 años ya comenzaba a pintar con su padre.
Winifred y Ben Nicholson se casaron en noviembre de 1920. Fue entonces cuando se inició una relación artística romántica de carácter experimental y colaborativo, un escenario en el que discutían las ideas sobre el modernismo abstracto de la época. Pero también influyeron sus viajes a París, donde se dejaron inspirar por las vanguardias francesas, siguiendo a pintores como Cezanne, Rousseau y Picasso.
Explorando la simplicidad del color y la forma
Ambos persiguieron nuevas expresiones y exploraron la simplicidad del color y la forma. Las influencias serían mutuas, pero Ben en ocasiones admitía que aprendió mucho sobre el color gracias a ella.
Winifred Nicholson combinó esa experiencia con viajes a Celián, Sri Lanka y Brimania, encontrando paisajes que despertaron esa fascinación por la luz y el color que reprodujo en sus primeras composiciones florales de naturaleza muerta.
Su estilo impresionista se iba desarrollando, pero se hacía con muy poco dibujo o preparación, simplemente pintando directamente de la paleta al lienzo, e incluso usando sus dedos como pinceles.
Pinturas delicadas y frescas
Es posible que su trabajo fuera eclipsado por el de su esposo, no en vano el acceso de las mujeres a la fama como artistas se enfrentaba con las convenciones patriarcales de la época. Sin embargo, hoy en día las pinturas de flores de Winifred Nicholson son admiradas por su delicadeza, frescura e inmediatez, tal y como fueron reconocidas por críticos y compradores cuando se exhibieron por primera vez en la Galería Paterson de Londres en 1923.
A pesar de su divorcio en 1938, Ben y Winifred mantuvieron una gran amistad e incluso se unieron para rebelarse contra el academicismo artístico y las tradiciones dentro de las cuales habían crecido.
Con el tiempo, sus estilos se volvieron bastante diferentes, pero la simplicidad y el abandono de las convenciones artísticas fue un rasgo común en sus respectivas obras de arte. Encontraron la armonía entre un arte moderno y experimental, tanto a través del magistral sentido del color de Winifred, como el vivo equilibrio de las formas de Ben.
Winifred continuó viajando extensamente a lo largo de su vida, hasta Puerto Rico o Marruecos, pero Grecia y Escocia fueron los destinos favoritos para los viajes de pintura, debido a la calidad distintiva de la luz y el color. Tras el golpe de estado en Grecia en 1967, decidió trasladar sus viajes de pintura al norte de África, recorriendo primero Túnez y después Marruecos.
Pintura de flores a las que consideraba chispas de luz
Dicen que las pinturas de Winifred Nicholson capturan el estado de ánimo de los paisajes, las personas y las flores en cada lugar y momento que pintó. Que trabajaba con rapidez, generalmente completando una pintura en una sola sesión. Pintó paisajes, sí, pero es más conocida por sus pinturas de flores, flores a las que consideraba chispas de luz, construidas y expulsadas al aire como un arcoíris. Así las veía y así las pintaba.
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